La cercanía social

El virus, el estado de alarma y el confinamiento se instalaron en nuestras vidas hace poco más de tres meses bajo el signo de una paradoja: para cuidar a los demás, debíamos encerrarnos en nosotras mismas, nuestras casas, nuestras circunstancias, fueran cuales fueran. Ahora, después de unas semanas que se nos han hecho años, no podemos olvidar que ese primer gesto de aislarnos, con toda la coerción institucional y sumando sin duda el factor del miedo personal, fue un gesto solidario.

Porque, una vez metidas en nuestras casas, se nos planteó un confinamiento individualista, impulsado por los dos grandes motores: el consumismo y la productividad. El encierro iba a ser una gran oportunidad para conocernos mejor y cambiar nuestros hábitos, explorar filmografías completas y descubrir tendencias, transformar nuestras almas y cuerpos según un modelo que aún no sabíamos que deseábamos ser. En nuestras casas de zapatos nos convertíamos en peces en el barril de la publicidad. Por eso era tan importante salir a aplaudir a la ventana, era el momento de desconectar para conectar de verdad.

Por mucho que siguieran fomentándolo afanosamente desde los medios dominantes, el espejismo se rompía por ambos lados y ahora, con eso que llaman normalidad, se ha quebrado del todo. Por una parte, la imposición de agendas personales, políticas y económicas pasando por encima de las vidas humanas; la exclusión de buena parte de la población de las ayudas sociales; la transfobia rampante; el cierre institucional de espacios comunitarios; la ceguera y la negación de la emergencia social; el olvido y el recorte de esos cuidados que tanto alababan hace nada. Por otra parte, por nuestra parte, las redes de ayuda mutua, las despensas solidarias, la revuelta contra el racismo institucional y sistémico, la certeza de que todas las “razonables” distinciones (teóricas, administrativas, históricas) son la expresión de privilegios de clase. La mirada horizontal, a ras del suelo, las manos tendidas.

Hablamos poco de cine aquí, disculpadnos, pero nos gustaría que las películas que, desde nuestros avatares en la pantalla, hemos recordado y deseado compartir con vosotras cuenten esta historia que, siendo nuestra, esperamos que se parezca un poco a la vuestra: que El ángel exterminador y El clasista nacional muestren los límites y excesos de la libertad burguesa; que el vértigo de un nuevo paradigma tiña las imágenes que creíamos envejecidas de 2001. Confiamos en que Eduardo Manostijeras deje claro que esa tendencia a convertir cualquier diferencia en exclusión es tan absurda como letal y que Y respiren normalmente recuerde que la única salida a la soledad pasa por tender la mano. Evocamos a Vittorini, tanto en La sardina cuántica como en Operai, contadini, para decirnos que el gesto de la ayuda mutua no puede medirse por esos parámetros de la productividad y el consumo, sino por la solidez y calidez del gesto mismo. Y esperamos de corazón que Talking about Trees concentre todo nuestro deseo, inmenso, de volver a vernos.